El agua corría abundante gracias a las últimas lluvias de la temporada, el sonido de los autos cruzando el viejo puente parecía lejano para Pablo, quien se encontraba inmerso en su mundo, ignorando todo sonido que no fuera el de su propia voz en su cabeza. El último cigarrillo se acabó, Pablo se levantó la manga izquierda y, sin pensarlo, lo apagó en su antebrazo, sólo para verificar que estaba vivo, consciente y que esto no era un sueño, el dolor de la carne quemada no significó nada para él, pues había más dolor emocional que físico, arrojó la colilla hacia el río y la vio surcar por el aire pensando —"¿Es eso lo que me espera?"—
—¡Hazlo!— dijo una voz intrusa. —¿Qué esperas? ¡Hazlo!—
Pablo salió de su mundo por un momento y, detrás de él, un anciano lo miraba con expresión de burla y lástima, su pantalón de vestir no hacía juego con las sandalias que portaba ni, mucho menos, con la camiseta sin mangas que cubría una enorme barriga —¿Perdón?— fue lo único que se le ocurrió decir.
—Hazlo...— repitió el anciano —Lo que sea que estés pensando, ¡Hazlo!—
—Yo... no estoy pensando nada, sólo...—
—¡Hazlo!— repitió el viejo.
—¿Qué quiere que haga?— dijo Pablo sin entender exactamente qué es lo que el anciano quería.
—Lo que sea que estés pensando, ¡Hazlo!— volvió a decir el extraño viejo.
Pablo movió la cabeza, regresó a mirar el río correr y decidió ignorar al molesto anciano, quizá si fingía no escucharlo este se iría, al parecer había funcionado pues, cuando giró su cabeza por encima del hombro, el viejo ya no estaba. Ciertamente se estremeció un poco al ver que aquel sujeto se había esfumado sin dejar rastro alguno, el puente era muy ancho y no se le veía alejarse por ninguno de los dos extremos, sin embargo, Pablo había aprendido a no tomar muy en cuenta lo que sucedía a su alrededor, la mente le jugaba bromas todo el tiempo. Volvió a ver el agua debajo del puente, corría con fuerza, —"¿Estará fría?"— se preguntó en la cabeza —"¿A dónde llevará la corriente?"—. Pablo se talló los ojos con cierta desesperación, suspiró profundo y miró el horizonte en busca de una respuesta a la pregunta que jamás había hecho.
—Deberías hacerlo.— se escuchó una nueva voz detrás de él.
Pablo se giró nuevamente y era una mujer la que se encontraba ahí, bastante atractiva y muy bien arreglada, con un elegante peinado, usaba un vestido rojo al estilo de una alta ejecutiva, en sus labios se dibujaba una simpática sonrisa que servía para sellar la belleza de su rostro. Pablo movió la cabeza confundido, se talló los ojos nuevamente y, al igual que al anciano, sólo dijo —¿Perdón?—
La mujer sonrió, levantó la vista al cielo un segundo y volvió a mirar a Pablo —Digo que, si vas a hacerlo, deberías hacerlo de una vez.—
No sabía si era el exquisito perfume de la mujer o simplemente la entallada figura que se dibujaba alrededor de aquel vestido rojo, pero Pablo no pudo ignorarla como lo hizo con el anciano. —Escucha, no sé de que hablas, pero... ¿Quién eres?— preguntó.
—¿Qué importa quién soy?— sonrió de nueva cuenta la mujer. —Sólo he venido a decirte que, si lo vas a hacer, hazlo.—
La confusión inundaba la mente de Pablo, ¿porqué un anciano y una mujer aparecían así como así para alentarlo a hacer eso que pensaba hacer? —Y tú, ¿Cómo es que sabes lo que quiero hacer?— cuestionó Pablo a la mujer de rojo.
Esta sólo empezó a reír de una manera tan empática y contagiosa que Pablo también lo hizo, así pasaron varios minutos en los que ambos sólo reían y se miraban entre si.
—Entonces...— se escuchó otra voz. —¿Lo harás?—
Pablo volteó a su derecha, donde había un niño, pequeño, de no más de siete años, que lo miraba de forma curiosa, sin responder a su pregunta miró hacía donde estaba la mujer de rojo, pero esta ya había desaparecido. Un escalofrío recorrió su espalda, vio al niño y dijo —¿Viste a la mujer que estaba ahí?— El pequeño se encogió de hombros e ignoró la pregunta de Pablo quien, confundido y ligeramente desesperado se buscó en los bolsillos un cigarrillo más, hasta que recordó que se había fumando el último hacía unos momentos, antes que aquel extraño viejo apareciera.
—¿Lo harás?— preguntó el niño de nueva cuenta.
—No molestes, vete a casa.— fue la respuesta de Pablo en medio de su confusión y se recargó sobre el borde del puente para seguir viendo el agua correr por debajo.
El niño puso cara de decepción al no obtener una respuesta a su pregunta —Deberías hacerlo.— dijo sin miramientos —Sólo, hazlo, hazlo, hazlo, hazlo, hazlo, hazlo, hazlo.— repitió el pequeño con tono de voz irritante.
Pablo ni siquiera se tomó la molestia de mirarlo, sólo escuchaba su aguda voz retumbar en sus oídos.
—Hazlo, hazlo, hazlo, hazlo, hazlo, hazlo, hazlo.— repetía el niño.
Desesperado, Pablo se giró hacia donde estaba el niño pero este, al igual que los otros dos personajes, había desaparecido, no así su aguda e irritante voz que seguía repitiendo de quien sabe donde la misma palabra.
—Hazlo, hazlo, hazlo, hazlo.—
La confusión se convirtió en miedo, Pablo empezó a sudar frío y corrió hacia uno de los extremos del viejo puente, de pronto sintió ganas de estar en su casa, en su alcoba, seguro, corrió y corrió y poco a poco la voz del niño dejó de escucharse en su cabeza, al llegar al final del puente, tropezó, cayó de frente y se embarró en el lodo que se había formado por las últimas lluvias de la temporada.
—¿Estás bien?— preguntó una voz. Por miedo, Pablo decidió no levantar la cabeza, temía encontrarse con alguien más que lo exhortara a "hacerlo", temía seguir viendo fantasmas o lo que fueran, estaba aterrado. —Descuida, estás bien.— dijo la voz en todo tranquilizador.
Cuando Pablo alzó la mirada, vio a una anciana que lo miraba con semblante maternal y de ternura, inexplicablemente el miedo desapareció y poco a poco su corazón recobró su latir normal. —Disculpe, yo...—
—No te preocupes, está bien, lo sé.— interrumpió la anciana —Te vi llegar hace unas horas, vi cuando entraste al puente, observé en tu rostro y en tus movimientos la razón por la que estabas aquí, así que sólo debía esperar, para ver si volvías.—
—En el puente... un anciano y, una mujer, ¡El niño!— aunque más tranquilo, Pablo era incapaz de hilvanar una frase completa debido al shock.
—Así que esta vez fue un anciano, una mujer y un niño ¿he?— rió la anciana —Créeme, han sido peores, he visto a personas hablar de duendes, caballos y hasta horribles demonios, el espíritu del puente ha sido bueno contigo.—
—¿Espíritu del puente?— las cosas aún no eran del todo claras para Pablo.
—¿Crees que eres el único que ha venido a este puente a hacer lo que pensabas hacer?— la anciana movió la cabeza en señal de negación —Muy seguido vienen personas a este viejo puente, esperando encontrar aquí un final para su "terrible" historia, igual que tú.— Pablo parecía conmocionado y dejó que la anciana siguiera hablando. —Pero este lugar es antiguo, más viejo que mi abuelo, incluso más viejo que el abuelo de mi abuelo, y, aunque pocos lo saben, este puente tiene espíritu.—
Si no lo hubiera visto con sus propios ojos y no lo hubiera experimentado en carne propia, Pablo no creería lo que la anciana le estaba diciendo. —¿Y qué clase de espíritu habita aquí?—
—Uno bueno, para tu fortuna.— respondió la anciana —Semana a semana, personas vienen a este puente para arrojarse y darle fin a su vida pero, cuando eso sucede, el puente les habla, se comunica con ellos de una mil y maneras, y los incita a hacer lo que deban hacer.—
—Pues conmigo ha fallado.— dijo Pablo —Insistió mucho en que saltara, pero no lo hice, me asusté y huí.—
La anciana volvió a reír —Muchachito tonto, el espíritu del puente y el río no se equivoca, jamás.—
—Pero a mí me dijo que saltara.—
—¿De verdad te dijo eso?— una extraña expresión de complicidad se dibujo en el rostro de la anciana.
—Me dijo... "Hazlo" sólo eso, que lo que fuera que estuviera pensando, lo hiciera.— respondió seguro Pablo.
—¿Ves? Jamás te dijo que saltaras.— dijo la anciana —El espíritu tiene sus formas de actuar, te dijo que hicieras lo que debías hacer, debías volver sobre tus pasos y regresar a casa, este aún no es tu momento.—
—Pero insistió tanto, pensé que quería que saltara.—
—Quería que hicieras lo que ibas a hacer, y el espíritu sabía que, en tu corazón, tú no querías saltar.— la anciana sonreía mientras miraba a Pablo con cierta lástima —Él sabe cuando para alguien es mejor saltar que seguir viviendo, créeme, a muchas personas no he visto volver una vez que entran a este viejo puente, es obvio que ellos sí lo hicieron. Cuando quieres saltar, el espíritu suele pedirte que no lo hagas, que pienses en todo lo que hay afuera, entonces la depresión propia es la que te hace terminar con tu vida.—
—¿Y usted como sabe todo eso?— preguntó Pablo.
No recibió respuesta, en medio de una nube, la anciana sólo desaparecio y, al igual que los otros tres personajes, no dejó rastro alguno.
No recibió respuesta, en medio de una nube, la anciana sólo desaparecio y, al igual que los otros tres personajes, no dejó rastro alguno.

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ResponderEliminarJoder tio, que me has asustado que te cagas, :s te sale muy bien el suspenso #envidiamil, con tu ya conocida reflexión incluida, pero dios, nunca se me hubiera ocurrido a mi, está historia esa buen para "la hora marcada" en serio he, junto con la reflexión estilo fabula y ese macabro escenario te has ganado el premio cuentilopolis del año, anoche si que estuviste de inspiración eh, me encantó, muchisisisimo.
ResponderEliminarYo por eso me voy a comprar un jet privado cuando sea famosa para no tener que cruzar puentes diabolicos :S si soy cobarde y? XD
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