miércoles, 12 de junio de 2013

Sin Casa.


Y aquí estoy sentado en medio de la nada, el sonido de los autos al pasar retumba terriblemente en mis atormentados oídos, el frío nocturno hace castañear mis dientes, los pocos que me quedan, pero no importa, de todos modos hace ya mucho tiempo que dejé de sentir dolor, creo que el día en que pisé por centésima vez un vidrio roto. Tengo hambre, mucha hambre, daría lo que fuera por probar un delicioso caldo de pollo con algunos trozos de papas, si, me encantaría, ¿cuándo fue la última vez que comí caldo de pollo con papas? Es más, ¿cuándo fue la última vez que comí? No lo recuerdo, pero ¡Hey! eso me ayuda a permanecer delgado, ¿no es eso lo que quieren esos sujetos abordo de sus lujosos automóviles? ¿no es eso lo que buscan esas muchachas que se parten la vida en el gimnasio? Pues ¡ja! mírenme que yo lo tengo y sin hacer un pelín de esfuerzo.


Suelo pensar en lo absurdo que es, soy capaz de soportar varios días sin probar bocado alguno pero no puedo soportar la mitad de la mañana sin fumar un cigarrillo, quizá porque el placer de ese taco de la muerte sólo cuesta un par de monedas a diferencia de la fortuna que significa poder probar una cena caliente.


Hay veces en las que quisiera volver el tiempo, cuando no dormía en el duro suelo o cuando el olor de mi cuerpo no era tan desagradable que ni los perros se acercan, pero eso fue hace mucho, cuando yo apenas era un niño, ¿Habría vuelto a escapar si tuviera la oportunidad de regresar el tiempo? La respuesta es obvia: Si. Ni el hambre ni el frío, ni siquiera el gesto de desprecio que recibo de cuatro de cada cinco personas se compara a los abusos, palizas y humillaciones que recibí de mi padre, ese viejo asqueroso ojalá se esté pudriendo en el infierno, ¿Cuántos años tendría ahora? ¿80? ¿90? No lo sé, sólo espero que el malnacido no siga viviendo.

Pero la vida sin hogar no es tan mala, uno puede observar mil cosas en una simple mañana, como la ocasión en la que aquella extraña mujer se arrojó del puente hacía el tránsito fluido, ni siquiera yo en mis peores momentos me he atrevido a hacer un acto así, o esa vez que el policía capturó a un ladrón de bolsos y fue aplaudido por la gente que pasaba por ahí, pobres ilusos que no saben que, por las noches, el policía y el ladronzuelo comparten cervezas en la tienda de la esquina. También está la parejita que vive en el edificio doce de la unidad, son adorables juntos y muy amables, el joven me da una moneda cada domingo cuando salen de la iglesia... lástima que no sabe de los curiosos invitados que recibe su mujer en casa mientras él se va a trabajar.

O tal vez la gente si nota lo que sucede a su alrededor pero, simplemente, opta por no tomarle importancia, es una conducta que he visto demasiado en ellos. Una mujer anciana puede caerse al suelo y nadie acudirá a levantarla, lo más que harán por ella será esquivarla e intentar no pisarla pero, si por alguna extraña razón, alguien se ofrece a levantarla, la anciana le dirá que ella puede sola, gritará y lo insultará y entonces, al buen sujeto no le quedarán más ganas de ayudar a los demás, es un ciclo interminable de basura sobre basura y yo aquí, sentado, observando a los demás.

Son tantas las cosas que uno ve mientras espera con inagotable paciencia su inevitable destino, soportando las burlas de los transeúntes y las miradas de desprecio de esas personas que, sin tocarse el corazón, me llaman "sin hogar"... ¡Ja! Me río de ellos, puede que yo no tenga hogar pero ellos... ellos no tienen vida.

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