jueves, 22 de marzo de 2012

Descuidada.


Me pareció muy curioso aquella mañana, antes de ir a la escuela, ver a mi madre de nueva cuenta con un moretón en el ojo y otro en la mejilla, hacía ya muchas semanas que no pasaba, pero algo sucedió la noche anterior. Apenas iba despertando cuando escuché que mis padres discutían afuera, papá se notaba molesto y desesperado, mientras mamá sólo lloraba y balbuceaba, los gritos terminaron cuando él salió de la casa y mi madre vino a la habitación.



 — Mamá, ¿qué te pasó en la cara? — pregunté al ver aquellas feas manchas.

— Nada mi amor, sólo ignóralas. Es hora de levantarse y desayunar, no querrás llegar tarde a la escuela. —

— ¿Te golpeó papá? —

— ¡No! Claro que no hijo, tu padre nos quiere mucho y sabes que jamás nos haría daño. — dijo con lágrimas en los ojos, por alguna razón no le creí. A pesar de ser un niño de nueve años, no era ningún estúpido y las cosas eran claras. Fingí no notar la situación, me levanté y procedí al comedor.

Pasaron los días y mis padres cada vez parecían más distanciados entre sí, en varias ocasiones papá no vino a comer a la casa, se la pasaba todo el día en el trabajo como si no quisiera estar con nosotros. Mi mamá sólo trataba de animarme diciendo que él debía trabajar horas extras por el bien de nosotros, pero era obvio que estaba peleados y la situación familiar estaba por los suelos. Unos días después, un grupo de vecinos vino a la casa para hablar con mamá.

— Debes hacer un reporte. — expresó la señora Domínguez.

— No será necesario, señora, de verdad no sucede nada. — dijo mi madre agachando la cabeza.

— No vamos a permitir que un golpeador se aproveche de ti, hija. — la viuda de Fernández abrazó a mi madre, entonces ella rompió en llanto.

— Por favor, debo pedirles que se vayan. — mamá parecía muy triste, lloraba a cántaros.

— Pero hija... —

— ¡Váyanse les digo! Ustedes no tienen idea de lo que sucede en realidad, largo, ya. — a pesar de sus lágrimas, mi madre gritó con tal fuerza que la casa se estremeció. Los vecinos se miraron entre sí y partieron sin decir una palabra. En ese momento, yo ya no lo soporté, encaré a mi madre y le expresé mi sentir.

— Mamá, quiero saber qué es lo que está sucediendo. — exigí.

— Hijo, ahora no por favor, no es un buen momento, cuando tu padre llegue conversamos. — me dijo sin tomarme mucho en cuenta, limpiándose las lágrimas se fue hacia su cuarto y se encerró. No pensaba quedarme de brazos cruzados ante las canalladas de mi padre, así que pensé una forma de vengar el daño que estaba provocándole a mi mamá. Lo esperé toda la tarde, sentado en el sofá, cuando llegó parecía muy cansado, con grandes ojeras y la ropa bastante desarreglada, al verme sonrió y me dijo:

— Hola campeón, ¿cómo estás? ¿ya hiciste la tarea? — pero no respondí — ¿Dónde está tu madre? —

— En el cuarto, pero antes de dejarte ir a verla, quiero hablar contigo. — dije con autoridad. Papá rió, me tocó la cabeza y me besó en la mejilla.

— Dime, ¿Qué pasa, hijo? — a pesar de su semblante cansado, parecía dispuesto a escucharme.

— ¿Qué le hiciste a mamá? ¿Porqué la golpeaste?— pregunté sin rodeos. 

La pregunta pareció caer como un balde de agua fría a mi padre, sin responderme entro a su alcoba y cerró por dentro. Pasado un rato se dejaron escuchar gritos de una nueva discusión, tenía miedo de haber provocado la ira de mi padre y que pudiera hacerle daño de nueva cuenta a mamá, tomé el teléfono y llamé a emergencias solicitando ayuda, sin embargo, el tiempo parecía transcurrir demasiado lento y los gritos en la habitación se volvían cada vez más violentos. Sin pensarlo mucho, corrí a la cocina y tome un cuchillo, busque las llaves de repuesto que estaban en el llavero y entre con decisión a la alcoba, mi madre estaba tirada en el piso tomándose las rodillas y mi padre de pie con el rosto rojo de la adrenalina, al verme con el cuchillo se quedó mudo. Cuando miré a mamá, noté que tenía nuevos moretones en el rostro y brazos, así que no pude controlar mi furia y me arrojé sobre papá, no le costó gran trabajo detenerme pero alcancé a hacerle un profundo corte cerca de uno de los brazos. No sabía que era más desesperante, si no haberlo asesinado o escuchar a mi madre gritando que me detuviera, protegiendo a su agresor como si fuera víctima de algún extraño control mental.

Al  llegar la policía y ver la situación, detuvieron a mi padre que, misteriosamente, parecía tranquilo. Mi madre lloraba como demente por su marido, mientras él trataba de calmarla y yo temblaba de pies y manos por encontrarme en tan bizarra situación. Mamá me envió a la cama sin hacer preguntas y con tono molesto, por su parte pasó toda la noche al teléfono hablando con familiares y abogados, al día siguiente papá estaba de regreso en casa.

— Hijo, debemos hablar. — me dijo con tono de voz tranquilo.

— No tengo nada que hablar contigo, ¿qué haces aquí? casi matas a mamá. —

— ¿De qué estás hablando? Casi me matas tú a mí, yo sería incapaz de golpear a tu madre. — expresó mi padre con tal sinceridad que me hizo sentir duda.

— Entonces... ¿qué le sucedió en la cara y los brazos? — pregunté. Esta vez, fue mamá quien respondió.

— Estoy enferma hijo, tengo una enfermedad llamada Púrpura y está muy avanzada, me queda muy poco tiempo de vida. — al escuchar a mi madre decir aquello con llanto en los ojos y voz quebradiza, sentí que mi mundo se caía.

— Fue error nuestro al no platicarlo contigo como es debido, perdónanos hijo. Al llegar a casa ayer y escuchar como me acusabas de haberla golpeado, mi desesperación me dijo que ella te había mentido, pero me equivoqué. Tu madre necesita un tratamiento que no podemos costear, estábamos ocupados discutiendo como obtener dinero extra y, por mi parte, le recrimino mucho que no haya puesto atención desde el primer moretón sin razón que le salió hace unos meses. — mientras más hablaba mi padre, todo parecía tener más sentido. 

La conversación se extendió por horas, básicamente me enteré que ellos no me habían mentido en ningún momento acerca de sus "peleas", que mi madre tenía esta enfermedad desde hacía casi dos años pero, por necedad, nunca se había atendido. Al paso del tiempo la enfermedad se volvió intratable y a pesar del esfuerzo de papá para obtener más dinero, nunca se pudo realizar el tratamiento completo y mi madre murió. Papá y yo lloramos su muerte como el momento más duro y triste de nuestras vidas. Han pasado casi diez años y jamás volvimos a hablar del incidente del cuchillo, preferimos guardar de mamá los momentos felices que compartimos y no aquellos ratos amargos que nos hizo pasar aquella terrible enfermedad descuidada.

1 comentario:

  1. :'( lloro!!! noo, porque mataste a la mama, eres malooo, :( que triste historia, aunque creo que ese niño ya tenia tendencias asesinas, :o muy impresionante esta historia cruda, es verdad muchas veces nos descuidamos y dejamos pasar cosas que pueden terminar mal, un diez por ponerme triste :(

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