Corrían tiempos magníficos, se gozaba de abrumadora abundancia, nunca se había tenido registro de tan magnífica cosecha, el ganado jamás había lucido tan fuerte y sano, constantemente había visitantes que llegaban a admirar lo que con tanto esfuerzo y trabajo se había logrado en el reino. El pueblo y la corte agradecía totalmente a su Rey, era una persona sabia, seria y comprometida, siempre tomaba las decisiones correctas y, aunque a veces no lo parecía, era un hombre justo.
El Rey era un gran gobernante y administrador, había logrado colocar al reino en una cómoda situación económica, su pueblo lo adoraba y, a pesar de las ocasiones en las que parecía no prestarles atención, se preocupaba por cada uno de los ciudadanos a su mando, él repartía órdenes para todos los que querían vivir bajo su reinado, no soportaba que alguien estuviera sin hacer nada, la pereza podía ser castigada incluso con la muerte y, aunque en verdad sentía aprecio por su pueblo, no lo demostraba. La única que recibía un cariño y amor explícito del sabio Rey, era la Reina.
La Reina era una mujer hermosa, parecía mucho más joven que el rey y, a diferencia de él, siempre estaba sonriendo y repartiendo cariño a cada uno de sus cortesanos y ciudadanos, el Reino entero se rendía a sus pies, incluido el Rey. Dicen las leyendas, que no importaba que tan duro y serio fuera, el Rey era incapaz de negarle algo a su hermosa Reina, bastaban un par de palabras de ella para hacerlo usar todo su poder y convertir en realidad lo que su amada pedía.
El tiempo siguió avanzando y el Reino seguía inundado de riquezas, todos llevaban a cabo su función, desde el zapatero del reino hasta el jefe de la guardia, todos estaban trabajando de manera excepcional en lo que les correspondía. El Rey y la Reina, por su parte, pasaban el día resolviendo disputas entre los habitantes.
El heraldo anunció — ¡Mi Rey, el herrero del pueblo viene a hacerle una petición!
— Su majestad, le ruego ayude a mi familia. Mi hijo está muy enfermo y, por ser tiempos de paz, casi nadie necesita que le forjen espadas o armaduras, no puedo conseguir las monedas que me ayuden a sanar a mi vástago. — pedía por piedad el herrero.
— Tienes razón herrero, el reino ha vivo un largo periodo de paz y eso, desafortunadamente, ha afectado al trabajo que tú llevas a cabo. No permitiré que uno de mis ciudadanos pase dolor si está buscando cooperar en el funcionamiento de nuestra comunidad. — volteó la cabeza hacía el tesorero del reino y dijo — Lord Tesorero, he decido que La Guardia de la ciudad debe renovar sus armaduras y armas, divida a los soldados en 4 grupos y, por turnos, entregaran sus instrumentos al herrero, él los fundirá y creará nuevo material de guerra para ellos, encárguese de que se le pague un buen precio y, mientras los guardias no tengan sus armas, busque que sean útiles en algo más. — sentenció el Rey.
— Gracias, su majestad, muchas gracias. — dijo el herrero con lágrimas en los ojos, estaba a punto de irse cuando la reina habló.
— Mi Rey, ¿qué no escuchaste acaso al pobre herrero? Dice que su hijo está enfermo, fundir y forjar las armas de la guardia le llevará al menos tres lunas, probablemente su hijo esté muerto cuando él haya obtenido sus monedas. — el Rey se rascó la barbilla y la duda inundó su rostro, la Reina empezó a derramar lágrimas y pidió — Te lo ruego mi Rey, entrégale al herrero las monedas ahora mismo, él podrá curar a su hijo y, después, podrá trabajar con una sonrisa por el bien de nuestro Reino.
La corte volteó a ver el Rey quien cerró los ojos, suspiró y dijo — Bien, Lord Tesorero, entréguele al herrero una moneda de oro y que se vaya, si me entero de que ha usado el dinero para algo indebido será condenado a la horca, ahora largo. — el Rey había cumplido la palabra de su Reina.
— Muchas gracias mi Reina, muchas gracias. — el herrero recibió el dinero y salió de la corte a pasos apresurados. Los siguientes días continuaron con el Rey y la Reina tomando decisiones por el bien del Reino, en muchas ocasiones la Reina desafiaba las órdenes del Rey y este terminaba cambiando sus decisiones sólo para complacerla.
— Al final de cuentas los bienes siguen circulando dentro de nuestra comunidad. — se decía el Rey a sí mismo para apaciguar sus enojos.
Un día, el heraldo anunció la llegada de un mensajero extranjero. Quien llegó fue un joven alto y delgado, muy bello, con una sonrisa encantadora y que en cada palabra derramaba tanta clase que cautivó de inmediato a todos en la corte, excepto al Rey.
— Su majestad, permítame presentarme, soy el mensajero principal de su excelencia: "El Emperador del Sur" y he venido para mostrarle nuestra más sincera admiración por todo lo que usted ha logrado aquí. — dijo el mensajero mientras se inclinaba ante el Rey.
— Nadie viaja de tan lejos sólo para venir a decir que me admira, ¿Qué es lo que quieres en realidad, mensajero? — preguntó el Rey sin dejarse impresionar por la labia del visitante.
— Veo que los rumores son totalmente ciertos, "El Rey es un hombre muy inteligente, siempre sabe lo que harás antes de que siquiera lo pienses", es lo que se dice en el Imperio del Sur acerca de usted, su majestad. Para demostrar que las intenciones del "Emperador del Sur" no son malas, permítame entregarle esto... — palmeo las manos dos veces y, al momento, entraron varías personas vestidas con los colores del Imperio del sur, en sus manos llevaban canastas llenas de regalos para el Rey, oro, plata, bronce, racimos de uvas, también había ovejas, cerdos y otros animales junto a un montón de obsequios más, la Reina estaba extasiada y lloraba de emoción mientras el Rey mantenía su mirada tosca en el mensajero.
— ¿A qué se deben semejantes regalos de parte del "Emperador del Sur"? — preguntó con duda el Rey.
— Como le dije antes, "El Emperador" se ha vuelto un gran admirador de su Reino, así que me ha ordenado traer ante usted todos estos obsequios sin esperar absolutamente nada a cambio, mi Emperador quiere que usted sepa que puede contar con nosotros cuando se requiera. — dicho esto, el mensajero hizo una reverencia y salió junto con todos sus acompañantes dejando la corte llena de los obsequios que había traído, el Rey miró como una extraña felicidad invadía los rostros de sus cortesanos y partió hacia sus habitaciones.
La Reina lo alcanzó y le preguntó — ¿Qué le han parecido los obsequios del "Emperador", su majestad? —
— Innecesarios en realidad, en el pueblo tenemos suficiente de casi todo lo que ese mensajero nos ha traído. Aunque hay cosas que nunca en mi vida había visto, como esas misteriosas figuras hechas con ese material negro, creo que le llaman obsidiana, o los extraños animales con orejas largas llamados conejos, el mensajero dice que su carne es deliciosa.
— Es maravilloso que otro gobernante quiero demostrarnos su admiración de una forma tan explícita, — dijo la Reina — estoy segura que sus intenciones no son malas.
— Más que maravilloso, creo que es extraño. — expresó el Rey con aire de duda, después se durmió.
Los días transcurrieron y, poco después, el mensajero del "Emperador del Sur" volvió a la corte.
— Su majestad, mi Emperador quiere recordarle a todo su reino que pueden contar con nosotros cuando se necesite, y para demostrar que la admiración por usted sigue intacta, reciba estos obsequios de parte de todo el Imperio del Sur.
Nuevamente los regalos para el Rey empezaron a llegar ante la mirada emocionada de la Reina y el resto de la corte, una vez entregados todos los presentes, el mensajero partió entre aplausos. Misteriosamente las visitas del mensajero se empezaron a hacer más constantes, y los regalos no dejaban de llegar al Reino. Una noche, la Reina habló con el Rey.
— Mi amado Rey, ¿no es ya bastante claro que el mensajero y el Imperio del Sur no tienen ningún interés en hacernos daño? — preguntó al Rey que mantenía el semblante reflexivo. — propongo que, mañana mismo, enviemos a nuestro propio mensajero del reino de visita al Imperio del sur, para demostrar agradecimiento y admiración hacía ellos también.
— Imagino que debe ser un imperio muy vasto como para venir y regalarnos tantas cosas valiosas sin esperar nada a cambio.
— Debe serlo, su majestad.
— Tienes razón mi Reina, mañana mismo prepararé un caravana de veinte carros con nuestros mejores caballos y entregaré una parte de la cosecha al "Emperador del Sur" como muestra de unión entre nuestros reinos. — dicho esto, el Rey se dispuso a dormir. Al día siguiente, el mensajero partió y entregó por primera vez una gran cantidad de obsequios al "Emperador del Sur", de parte del Reino.
La sorpresa para el Rey fue que el mensajero del "Emperador" siguió llegando y trayendo regalos, así que él siguió enviando a su mensajero con más regalos todavía. Ambos reinos habían logrado un fuerte lazo que les permitía compartir cosas que en sus propias tierras no eran vistas jamás. Los años de abundancia se convirtieron en años de riqueza para el imperio y, sobretodo, para el Reino. Todos eran felices, incluso se decía que, de vez en cuando, el Rey llegaba a sonreír.
El tiempo pasó y ambos reinos siguieron enviando a sus respectivos mensajeros con regalos de un lado a otro, hasta que, cierto día, el mensajero del Emperador dejó de aparecer.
— Es extraño, hace casi una luna que el mensajero del imperio no nos visita. — expresó el Rey con desagrado.
— Quizá el Imperio del sur esté pasando por un mal momento, mi Rey. Deberíamos enviarle más regalos para demostrar que nuestra unión sigue firme. — sugirió la Reina.
El Rey ordenó llevar al imperio una gran cantidad de tesoros como muestra de fraternidad con el Imperio del sur, sin embargo, el mensajero del Emperador siguió sin volver al Reino. Pasó el tiempo y el Rey seguía enviando regalos mientras el Imperio sólo enviaba de vez en cuando, una paloma mensajera con un carta corta agradeciendo por los obsequios. No pasó mucho para que el Rey se diera cuenta de la situación.
— Debemos dejar de enviarle obsequios al "Emperador". — la Reina creyó que tenía razón y empezó a llorar, en ese justo momento el heraldo anunció la llegada del mensajero del sur.
— Su majestad, he venido apresuradamente a nombre del "Emperador del Sur". Disculpe que no traiga obsequios en esta ocasión pero, nuestro imperio lo necesita. Las cosechas no han sido buenas y nuestro ganado está muriendo, hemos sido azotados por la peste y, si no nos ayuda, el imperio llegará a su fin, por favor su majestad le ruego nos ayude. — expresó con lágrimas el mensajero del emperador.
— Y dime, mensajero, ¿Acaso nuestro reino es el culpable de que tu imperio esté por los suelos? No debemos arreglar lo que ustedes mismos descompusieron, lo siento mucho pero no puedo brindarles mi ayuda, ya les he enviado varios carros de obsequios y es todo lo que puedo darles por ahora. — sentenció el Rey ante la mirada incrédula de toda la corte, el mensajero se tiró al suelo y lloró desconsolado, pero el Rey parecía inamovible en su decisión hasta que la Reina tomó la palabra.
— Su majestad, mi amado Rey, ¿Se olvida que hemos declarado que el Imperio podrá contar con nosotros cada vez que se nos necesite? Debemos ayudar al "Emperador" a salir de este aprieto y, cuando lo hagamos, verá que todo es como antes. — pidió la Reina con tono de súplica. El Rey parecía fastidiado con la idea de la Reina pero aceptó a regañadientes. Al día siguiente envió a su propio mensajero con treinta carros llenos de comida, ganado y oro para ayudar al Imperio aliado. Durante mucho tiempo las cosas no cambiaron, el Rey enviaba y enviaba ayuda al "Emperador del Sur" pero este sólo enviaba a su mensajero a rogar por más recursos para salir de la crisis, en poco tiempo el Reino empezaba a caer en la desgracia. Las vacas estaban flacas, apenas ajustaba el alimento para cada uno de los habitantes, muchos empezaban a caer enfermos y morir.
— Debemos dejar de enviar ayuda al Emperador, nuestro propio Reino empieza a caer y, si no hago algo, desapareceremos muy pronto. — dijo el Rey a su Reina en el lecho de descanso.
— Pero mi Rey, el emperador nos necesita todavía. Su mensajero dice que están muy cerca de salir de la crisis, si los ayudamos un poco más lo lograrán y luego ellos nos ayudarán a nosotros. — de nueva cuenta la Reina convenció al Rey y, al día siguiente, envió casi la totalidad de los bienes del Reino, todo para ayudar al Imperio del sur a superar tan terrible crisis que decían sufrir.
Pasaron unos días y el mensajero que el Rey había enviado al Imperio no regresaba, entonces quien se apareció fue el mensajero del "Emperador", esta vez no sonreía y tenía una expresión muy seria en el rostro.
— Vengo a entregarles esto a nombre del "Emperador del Sur". — dijo sin ninguna cortesía al mismo tiempo que entraba un grupo de soldados del Emperador sosteniendo un cofre que contenía los restos mortales del mensajero que el Rey enviaba habitualmente al Imperio, luego continuó hablando — A partir de este momento y frente a toda tu corte, "El Emperador" te declara la guerra y te anuncia que no se detendrá hasta ver tu reino reducido a cenizas... — dicho esto, el mensajero salió de la sala junto con todos los soldados que lo acompañaban, la Reina cayó al suelo desvanecida entre lágrimas y tristeza y el Rey llamó rápidamente a los médicos del Reino para que la atendieran. Fueron varias semanas en las que la hermosa Reina sufría de depresión y dolor mientras su Rey miraba impotente su sufrimiento. La invasión extranjera no se hizo esperar y las fuerzas del Emperador empezaron poco a poco a devastar aquel reino que, alguna vez, fue glorioso.
— Entreguen armas a cada hombre mayor de 12 años y envíenlo a combatir al enemigo. — ordenaba el Rey, sin embargo, la Reina, en medio de todo su dolor, seguía rogándole al Rey que le enviara más riquezas al Emperador y que no contraatacara las fuerzas invasoras.
— Por favor, mi amado Rey, estoy segura que si ayudamos al "Emperador" y le damos tiempo, pronto se olvidará de destruirnos y nuestros reinos volverán a ser unidos — El Rey se negaba a creer que su amada esposa seguía pidiendo por el enemigo que amenaza con desaparecer todo por lo que él había trabajado toda su vida y le costaba aún más creer que, a pesar de ver como su reino se desmoronaba, él poderoso Rey seguía sin ser capaz de negarle nada a su adorada Reina.
Finalmente, un trágico día, la Reina cayó en un profundo sueño, tan fuerte que, de no ser por el movimiento de su respiración, creerían que estaba muerta. Sin nadie que detuviera sus decisiones, no costó mucho trabajo al Rey idear la forma de expulsar de sus tierras a las fuerzas invasoras del "Emperador", demostrando una vez más lo sabio e inteligente que era cuando actuaba con firmeza. Una vez expulsados los extranjeros del Reino, el Rey rápidamente puso a trabajar a sus súbditos para levantar, nuevamente, aquella comunidad que tanta admiración había despertado algún día, siempre esperando a que su Reina despertara de aquel fuerte sueño. No importó cuantos mensajeros llegaron de reinos vecinos, el Rey no aceptaba sus regalos y de inmediato los expulsaba.
— Mi deber es mantener el Reino en pie, es mi amada esposa la que entiende estos asuntos de convivir con otros reinos y, mientras ella siga herida, nadie más se acercará a esto por lo que tanto he trabajado. — decía el Rey a cada uno de los mensajeros extranjeros que llegan a su corte.
Dentro del Reino que somos nosotros, el gobernante sabio e inteligente es nuestro cerebro, el cual sabe tomar las decisiones correctas siempre que se le necesita, sin embargo, muchas veces sus órdenes serán cambiadas por el corazón que funge como la Reina de esta historia, y que sin importar cuánto daño te haga un "Reino Extranjero", ella siempre pedirá por ellos y se negará a admitir que las épocas en las que ambos reinos fueron uno, se han terminado; aceptará vivir con tristeza y amargura sin importarle que el sabio Rey sepa como terminar con todo el dolor que provoca una guerra sin sentido.
Llegará el momento en el que la Reina caerá inconsciente y se paralizará cual corazón roto, entonces el Rey podrá echar fuera con facilidad todo aquello que daña al Reino. Eventualmente las cosas se estabilizarán, el pueblo se levantará y todo volverá a ser próspero hasta que la Reina despierte y ruegue nuevamente por un mensajero extranjero.
El Rey era un gran gobernante y administrador, había logrado colocar al reino en una cómoda situación económica, su pueblo lo adoraba y, a pesar de las ocasiones en las que parecía no prestarles atención, se preocupaba por cada uno de los ciudadanos a su mando, él repartía órdenes para todos los que querían vivir bajo su reinado, no soportaba que alguien estuviera sin hacer nada, la pereza podía ser castigada incluso con la muerte y, aunque en verdad sentía aprecio por su pueblo, no lo demostraba. La única que recibía un cariño y amor explícito del sabio Rey, era la Reina.
La Reina era una mujer hermosa, parecía mucho más joven que el rey y, a diferencia de él, siempre estaba sonriendo y repartiendo cariño a cada uno de sus cortesanos y ciudadanos, el Reino entero se rendía a sus pies, incluido el Rey. Dicen las leyendas, que no importaba que tan duro y serio fuera, el Rey era incapaz de negarle algo a su hermosa Reina, bastaban un par de palabras de ella para hacerlo usar todo su poder y convertir en realidad lo que su amada pedía.
El tiempo siguió avanzando y el Reino seguía inundado de riquezas, todos llevaban a cabo su función, desde el zapatero del reino hasta el jefe de la guardia, todos estaban trabajando de manera excepcional en lo que les correspondía. El Rey y la Reina, por su parte, pasaban el día resolviendo disputas entre los habitantes.
El heraldo anunció — ¡Mi Rey, el herrero del pueblo viene a hacerle una petición!
— Su majestad, le ruego ayude a mi familia. Mi hijo está muy enfermo y, por ser tiempos de paz, casi nadie necesita que le forjen espadas o armaduras, no puedo conseguir las monedas que me ayuden a sanar a mi vástago. — pedía por piedad el herrero.
— Tienes razón herrero, el reino ha vivo un largo periodo de paz y eso, desafortunadamente, ha afectado al trabajo que tú llevas a cabo. No permitiré que uno de mis ciudadanos pase dolor si está buscando cooperar en el funcionamiento de nuestra comunidad. — volteó la cabeza hacía el tesorero del reino y dijo — Lord Tesorero, he decido que La Guardia de la ciudad debe renovar sus armaduras y armas, divida a los soldados en 4 grupos y, por turnos, entregaran sus instrumentos al herrero, él los fundirá y creará nuevo material de guerra para ellos, encárguese de que se le pague un buen precio y, mientras los guardias no tengan sus armas, busque que sean útiles en algo más. — sentenció el Rey.
— Gracias, su majestad, muchas gracias. — dijo el herrero con lágrimas en los ojos, estaba a punto de irse cuando la reina habló.
— Mi Rey, ¿qué no escuchaste acaso al pobre herrero? Dice que su hijo está enfermo, fundir y forjar las armas de la guardia le llevará al menos tres lunas, probablemente su hijo esté muerto cuando él haya obtenido sus monedas. — el Rey se rascó la barbilla y la duda inundó su rostro, la Reina empezó a derramar lágrimas y pidió — Te lo ruego mi Rey, entrégale al herrero las monedas ahora mismo, él podrá curar a su hijo y, después, podrá trabajar con una sonrisa por el bien de nuestro Reino.
La corte volteó a ver el Rey quien cerró los ojos, suspiró y dijo — Bien, Lord Tesorero, entréguele al herrero una moneda de oro y que se vaya, si me entero de que ha usado el dinero para algo indebido será condenado a la horca, ahora largo. — el Rey había cumplido la palabra de su Reina.
— Muchas gracias mi Reina, muchas gracias. — el herrero recibió el dinero y salió de la corte a pasos apresurados. Los siguientes días continuaron con el Rey y la Reina tomando decisiones por el bien del Reino, en muchas ocasiones la Reina desafiaba las órdenes del Rey y este terminaba cambiando sus decisiones sólo para complacerla.
— Al final de cuentas los bienes siguen circulando dentro de nuestra comunidad. — se decía el Rey a sí mismo para apaciguar sus enojos.
Un día, el heraldo anunció la llegada de un mensajero extranjero. Quien llegó fue un joven alto y delgado, muy bello, con una sonrisa encantadora y que en cada palabra derramaba tanta clase que cautivó de inmediato a todos en la corte, excepto al Rey.
— Su majestad, permítame presentarme, soy el mensajero principal de su excelencia: "El Emperador del Sur" y he venido para mostrarle nuestra más sincera admiración por todo lo que usted ha logrado aquí. — dijo el mensajero mientras se inclinaba ante el Rey.
— Nadie viaja de tan lejos sólo para venir a decir que me admira, ¿Qué es lo que quieres en realidad, mensajero? — preguntó el Rey sin dejarse impresionar por la labia del visitante.
— Veo que los rumores son totalmente ciertos, "El Rey es un hombre muy inteligente, siempre sabe lo que harás antes de que siquiera lo pienses", es lo que se dice en el Imperio del Sur acerca de usted, su majestad. Para demostrar que las intenciones del "Emperador del Sur" no son malas, permítame entregarle esto... — palmeo las manos dos veces y, al momento, entraron varías personas vestidas con los colores del Imperio del sur, en sus manos llevaban canastas llenas de regalos para el Rey, oro, plata, bronce, racimos de uvas, también había ovejas, cerdos y otros animales junto a un montón de obsequios más, la Reina estaba extasiada y lloraba de emoción mientras el Rey mantenía su mirada tosca en el mensajero.
— ¿A qué se deben semejantes regalos de parte del "Emperador del Sur"? — preguntó con duda el Rey.
— Como le dije antes, "El Emperador" se ha vuelto un gran admirador de su Reino, así que me ha ordenado traer ante usted todos estos obsequios sin esperar absolutamente nada a cambio, mi Emperador quiere que usted sepa que puede contar con nosotros cuando se requiera. — dicho esto, el mensajero hizo una reverencia y salió junto con todos sus acompañantes dejando la corte llena de los obsequios que había traído, el Rey miró como una extraña felicidad invadía los rostros de sus cortesanos y partió hacia sus habitaciones.
La Reina lo alcanzó y le preguntó — ¿Qué le han parecido los obsequios del "Emperador", su majestad? —
— Innecesarios en realidad, en el pueblo tenemos suficiente de casi todo lo que ese mensajero nos ha traído. Aunque hay cosas que nunca en mi vida había visto, como esas misteriosas figuras hechas con ese material negro, creo que le llaman obsidiana, o los extraños animales con orejas largas llamados conejos, el mensajero dice que su carne es deliciosa.
— Es maravilloso que otro gobernante quiero demostrarnos su admiración de una forma tan explícita, — dijo la Reina — estoy segura que sus intenciones no son malas.
— Más que maravilloso, creo que es extraño. — expresó el Rey con aire de duda, después se durmió.
Los días transcurrieron y, poco después, el mensajero del "Emperador del Sur" volvió a la corte.
— Su majestad, mi Emperador quiere recordarle a todo su reino que pueden contar con nosotros cuando se necesite, y para demostrar que la admiración por usted sigue intacta, reciba estos obsequios de parte de todo el Imperio del Sur.
Nuevamente los regalos para el Rey empezaron a llegar ante la mirada emocionada de la Reina y el resto de la corte, una vez entregados todos los presentes, el mensajero partió entre aplausos. Misteriosamente las visitas del mensajero se empezaron a hacer más constantes, y los regalos no dejaban de llegar al Reino. Una noche, la Reina habló con el Rey.
— Mi amado Rey, ¿no es ya bastante claro que el mensajero y el Imperio del Sur no tienen ningún interés en hacernos daño? — preguntó al Rey que mantenía el semblante reflexivo. — propongo que, mañana mismo, enviemos a nuestro propio mensajero del reino de visita al Imperio del sur, para demostrar agradecimiento y admiración hacía ellos también.
— Imagino que debe ser un imperio muy vasto como para venir y regalarnos tantas cosas valiosas sin esperar nada a cambio.
— Debe serlo, su majestad.
— Tienes razón mi Reina, mañana mismo prepararé un caravana de veinte carros con nuestros mejores caballos y entregaré una parte de la cosecha al "Emperador del Sur" como muestra de unión entre nuestros reinos. — dicho esto, el Rey se dispuso a dormir. Al día siguiente, el mensajero partió y entregó por primera vez una gran cantidad de obsequios al "Emperador del Sur", de parte del Reino.
La sorpresa para el Rey fue que el mensajero del "Emperador" siguió llegando y trayendo regalos, así que él siguió enviando a su mensajero con más regalos todavía. Ambos reinos habían logrado un fuerte lazo que les permitía compartir cosas que en sus propias tierras no eran vistas jamás. Los años de abundancia se convirtieron en años de riqueza para el imperio y, sobretodo, para el Reino. Todos eran felices, incluso se decía que, de vez en cuando, el Rey llegaba a sonreír.
El tiempo pasó y ambos reinos siguieron enviando a sus respectivos mensajeros con regalos de un lado a otro, hasta que, cierto día, el mensajero del Emperador dejó de aparecer.
— Es extraño, hace casi una luna que el mensajero del imperio no nos visita. — expresó el Rey con desagrado.
— Quizá el Imperio del sur esté pasando por un mal momento, mi Rey. Deberíamos enviarle más regalos para demostrar que nuestra unión sigue firme. — sugirió la Reina.
El Rey ordenó llevar al imperio una gran cantidad de tesoros como muestra de fraternidad con el Imperio del sur, sin embargo, el mensajero del Emperador siguió sin volver al Reino. Pasó el tiempo y el Rey seguía enviando regalos mientras el Imperio sólo enviaba de vez en cuando, una paloma mensajera con un carta corta agradeciendo por los obsequios. No pasó mucho para que el Rey se diera cuenta de la situación.
— Debemos dejar de enviarle obsequios al "Emperador". — la Reina creyó que tenía razón y empezó a llorar, en ese justo momento el heraldo anunció la llegada del mensajero del sur.
— Su majestad, he venido apresuradamente a nombre del "Emperador del Sur". Disculpe que no traiga obsequios en esta ocasión pero, nuestro imperio lo necesita. Las cosechas no han sido buenas y nuestro ganado está muriendo, hemos sido azotados por la peste y, si no nos ayuda, el imperio llegará a su fin, por favor su majestad le ruego nos ayude. — expresó con lágrimas el mensajero del emperador.
— Y dime, mensajero, ¿Acaso nuestro reino es el culpable de que tu imperio esté por los suelos? No debemos arreglar lo que ustedes mismos descompusieron, lo siento mucho pero no puedo brindarles mi ayuda, ya les he enviado varios carros de obsequios y es todo lo que puedo darles por ahora. — sentenció el Rey ante la mirada incrédula de toda la corte, el mensajero se tiró al suelo y lloró desconsolado, pero el Rey parecía inamovible en su decisión hasta que la Reina tomó la palabra.
— Su majestad, mi amado Rey, ¿Se olvida que hemos declarado que el Imperio podrá contar con nosotros cada vez que se nos necesite? Debemos ayudar al "Emperador" a salir de este aprieto y, cuando lo hagamos, verá que todo es como antes. — pidió la Reina con tono de súplica. El Rey parecía fastidiado con la idea de la Reina pero aceptó a regañadientes. Al día siguiente envió a su propio mensajero con treinta carros llenos de comida, ganado y oro para ayudar al Imperio aliado. Durante mucho tiempo las cosas no cambiaron, el Rey enviaba y enviaba ayuda al "Emperador del Sur" pero este sólo enviaba a su mensajero a rogar por más recursos para salir de la crisis, en poco tiempo el Reino empezaba a caer en la desgracia. Las vacas estaban flacas, apenas ajustaba el alimento para cada uno de los habitantes, muchos empezaban a caer enfermos y morir.
— Debemos dejar de enviar ayuda al Emperador, nuestro propio Reino empieza a caer y, si no hago algo, desapareceremos muy pronto. — dijo el Rey a su Reina en el lecho de descanso.
— Pero mi Rey, el emperador nos necesita todavía. Su mensajero dice que están muy cerca de salir de la crisis, si los ayudamos un poco más lo lograrán y luego ellos nos ayudarán a nosotros. — de nueva cuenta la Reina convenció al Rey y, al día siguiente, envió casi la totalidad de los bienes del Reino, todo para ayudar al Imperio del sur a superar tan terrible crisis que decían sufrir.
Pasaron unos días y el mensajero que el Rey había enviado al Imperio no regresaba, entonces quien se apareció fue el mensajero del "Emperador", esta vez no sonreía y tenía una expresión muy seria en el rostro.
— Vengo a entregarles esto a nombre del "Emperador del Sur". — dijo sin ninguna cortesía al mismo tiempo que entraba un grupo de soldados del Emperador sosteniendo un cofre que contenía los restos mortales del mensajero que el Rey enviaba habitualmente al Imperio, luego continuó hablando — A partir de este momento y frente a toda tu corte, "El Emperador" te declara la guerra y te anuncia que no se detendrá hasta ver tu reino reducido a cenizas... — dicho esto, el mensajero salió de la sala junto con todos los soldados que lo acompañaban, la Reina cayó al suelo desvanecida entre lágrimas y tristeza y el Rey llamó rápidamente a los médicos del Reino para que la atendieran. Fueron varias semanas en las que la hermosa Reina sufría de depresión y dolor mientras su Rey miraba impotente su sufrimiento. La invasión extranjera no se hizo esperar y las fuerzas del Emperador empezaron poco a poco a devastar aquel reino que, alguna vez, fue glorioso.
— Entreguen armas a cada hombre mayor de 12 años y envíenlo a combatir al enemigo. — ordenaba el Rey, sin embargo, la Reina, en medio de todo su dolor, seguía rogándole al Rey que le enviara más riquezas al Emperador y que no contraatacara las fuerzas invasoras.
— Por favor, mi amado Rey, estoy segura que si ayudamos al "Emperador" y le damos tiempo, pronto se olvidará de destruirnos y nuestros reinos volverán a ser unidos — El Rey se negaba a creer que su amada esposa seguía pidiendo por el enemigo que amenaza con desaparecer todo por lo que él había trabajado toda su vida y le costaba aún más creer que, a pesar de ver como su reino se desmoronaba, él poderoso Rey seguía sin ser capaz de negarle nada a su adorada Reina.
Finalmente, un trágico día, la Reina cayó en un profundo sueño, tan fuerte que, de no ser por el movimiento de su respiración, creerían que estaba muerta. Sin nadie que detuviera sus decisiones, no costó mucho trabajo al Rey idear la forma de expulsar de sus tierras a las fuerzas invasoras del "Emperador", demostrando una vez más lo sabio e inteligente que era cuando actuaba con firmeza. Una vez expulsados los extranjeros del Reino, el Rey rápidamente puso a trabajar a sus súbditos para levantar, nuevamente, aquella comunidad que tanta admiración había despertado algún día, siempre esperando a que su Reina despertara de aquel fuerte sueño. No importó cuantos mensajeros llegaron de reinos vecinos, el Rey no aceptaba sus regalos y de inmediato los expulsaba.
— Mi deber es mantener el Reino en pie, es mi amada esposa la que entiende estos asuntos de convivir con otros reinos y, mientras ella siga herida, nadie más se acercará a esto por lo que tanto he trabajado. — decía el Rey a cada uno de los mensajeros extranjeros que llegan a su corte.
Dentro del Reino que somos nosotros, el gobernante sabio e inteligente es nuestro cerebro, el cual sabe tomar las decisiones correctas siempre que se le necesita, sin embargo, muchas veces sus órdenes serán cambiadas por el corazón que funge como la Reina de esta historia, y que sin importar cuánto daño te haga un "Reino Extranjero", ella siempre pedirá por ellos y se negará a admitir que las épocas en las que ambos reinos fueron uno, se han terminado; aceptará vivir con tristeza y amargura sin importarle que el sabio Rey sepa como terminar con todo el dolor que provoca una guerra sin sentido.
Llegará el momento en el que la Reina caerá inconsciente y se paralizará cual corazón roto, entonces el Rey podrá echar fuera con facilidad todo aquello que daña al Reino. Eventualmente las cosas se estabilizarán, el pueblo se levantará y todo volverá a ser próspero hasta que la Reina despierte y ruegue nuevamente por un mensajero extranjero.

ohh, bien es un alegoría, excelente, confieso que me costó un poco de trabajo entender esta vez, eso es bueno, la complejidad significa perfeccion, estas puliendo tu tecnica y tu toque :)
ResponderEliminarEsa reina llegó a exasperarme.
me ha gustado mucho, sigue asi, espero la proxima :)