domingo, 6 de octubre de 2013

La Bestia de Tres Cabezas: Prólogo.


Con el abrasador sol de medio día, el traje negro se empezaba a convertir en algo insoportable, siempre odié el verano pero aquel en partícular había sido el peor del que yo tuviera memoria y no solamente por el horrendo calor. Habían pasado casi cuarenta minutos desde la última vez que la radio sonó y la única novedad era que cada vez había más gente en el lugar. Un hombre mayor, de unos setenta años más o menos y vestido con una camisa azul con rojo y unos pantalones de mezclilla negros, se había abierto paso entre la multitud y ya se encontraba sosteniendo la valla que separaba al público del estrado, su rostro denotaba felicidad, supuse que habría venido de algún lejano pueblo sólo para presenciar el acto más importante de aquel fin de semana, pude ver a lo lejos a un vendedor de algodones que aprovechaba la concurrencia para poder agotar sus productos temprano y volver a casa para estar con su familia... o para irse a beber a alguna cantina de mala muerte, ambas posibilidades eran igual de válidas.

La radio sonó de nueva cuenta por fin, "Listos por favor" fue lo único que se escuchó de la voz del jefe de operación, me acomodé las gafas oscuras y el saco y retomé mi posición sobre el estrado, justo donde la escalera que ascendía llegaba a su fin. La camioneta negra empezaba a abrirse paso entre la multitud enardecida, mucha gente profería gritos de algarabía al ver a su gobernador llegar al lugar caminando detrás del automóvil portando sobre el cuello un adorno hecho con flores y saludando y sonriendo a cualquiera que se pusiera en su camino, sin embargo había también varias personas que se desgarraban la garganta profiriendo insultos y groserías en contra del mismo hombre, ¿Quién podía culparlos? Jamás ha habido un político completamente amado ni completamente odiado, ¿Porqué el señor Gallaga sería la excepción?

La monstruosa camioneta que marcaba el camino del mandatario llegó a la posición planeada. Todos, salvo el chofer, bajaron del automóvil e hicieron un cerco en la escalera para que el propio gobernador pudiera llegar a su destino sin contratiempos. Mi radio volvió a sonar, esta vez con una orden directa:
—Cóndor-uno, ¿Es zona segura?

—Afirmativo, comandante.— Respondí con serenidad, a menos que el gobernador sufriera insolación, nada en el lugar representaba ningún peligro para él.

Poco a poco, el equipo de seguridad del gobernador trataba de separar al público del voluminoso cuerpo del mandatario. El gobernador Everardo Gallaga, un hombre con edad cercana a los sesenta años y que pesaba aproximadamente ciento cuarenta kilogramos estaba cumpliendo su segundo año en el cargo de los seis que le correspondían por haber ganado la elección pasada. Se decían muchas cosas de él, que varios importantes criminales habían encontrado su libertad tan pronto como inició su gestión o que muchos inversionistas habían decidido abandonar sus empresas en el estado debido la nueva política que él mismo estaba impulsando, un millón de cosas se decían del hombre que pagaba mi sueldo, el mismo hombre que estaba a punto de hablarle a un grupo de personas en vísperas de iniciar la fiesta más grande de su poblado. Nadie, absolutamente nadie en el lugar, sabía lo que estaba a punto de suceder.

—¡TIENE UN ARMA!— gritó una mujer con pavor, de inmediato la atención se centro al frente de la enorme multitud que aguardaba, una mancha de espacio se abrió entre el conglomerado y, en solitario al centro de la misma, un anciano de camisa rojo con azul apuntaba una pistola en contra de los presentes, de inmediato hablé por mi radio solicitando que el gobernador fuera puesto en seguridad.

El señor Gallaga, que ni siquiera había empezado a subir las escaleras, fue subido con apuros a la camioneta negra que le escoltaba, arriba ya se encontraban dos elementos que, rápidamente, cerraron las puertas y arrancaron el automóvil para poner al mandatario fuera de peligro. El anciano no desistía, de repente ya no parecía tener más de sesenta años, en su mirada se notaba una seguridad que provocaba escalofríos, caminaba hacia atrás, en sentido contrario hacia donde la camioneta del gobernador se había dirigido, ya todos los elementos que nos habíamos quedado en el lugar estábamos apuntando nuestras propias armas contra el sospecho.

—¡Tire el arma!— Gritó el comandante, quien valientemente prefirió quedarse a enfrentar la situación que abandonarnos y ponerse en seguridad junto al jefe. El anciano sonreía y apuntaba con fiereza el arma hacia todos nosotros.

—No serían tan cobardes como para dispararle a un pobre, viejo e indefenso hombre, ¿Verdad?— Dijo en tono de burla y sin dejar de caminar hacia atrás. —¡Adelante panda de maricones, disparen si es que tienen huevos!

—¡No lo escuchen!— ordenó el comandante y todos mantuvimos nuestra posición. —Le ordeno que se detenga y suelte esa pistola, nadie saldrá herido, pero debe arrojar su arma.— dijo al hombre de la camisa rojo y azul quien seguía sonriendo y caminando silenciosa y quedamente hacia atrás. El sonido de un motor lejano llamó la atención del público espectador, mis compañeros apuntaron hacia la dirección de donde parecía provenir el ruido, era un automóvil blanco y muy viejo, tenía manchas en la pintura y, por el sonido que hacía el motor, parecía no haber recibido afinación en años.

Cuando el sonido chirriante de las balatas al frenar atormentó a todos los presentes, el anciano corrió a toda prisa y subió al automóvil que, tan pronto como llegó aceleró y se alejó del lugar, intenté observar alguna seña en particular pero el vehículo no tenía placas y su estado tan descuidado no sería suficiente como para identificarlo.

—De inmediato, busquen una unidad y sigan a ese automóvil. ¡Rápido, Rápido! Esqueda, comunícate con el auto del gobernador y diles que envíen una alerta a la central.— me ordenó el comandante.

Procedí a obedecer lo más rápido que pude, saqué el celular y marqué el número del chofer. Un ambiente de incertidumbre nos rodeo cuando, entre la multitud, un niño de unos once años sostenía en sus manos un teléfono celular que vibraba y sonaba recibiendo una llamada. Uno de mis compañeros se lo arrebató y vio que era mi número el que marcaba. Sin pensarlo, lo primero que pude decir fue —¿Quién se fue en el auto con el gobernador?— Mis compañeros se miraron unos a otros, al parecer, el equipo estaba completo ahí, miré al comandante quien se encontraba entrado en cólera, sus ojos parecían dos bombas a punto de estallar y las venas en su cuello parecían a nada de salirle por la boca, su mandíbula temblaba y los puños en sus manos sólo hacían ver aún más grande la proporción de su ira.

—¡NO PUEDE SER!— gritó al aire, pataleó y maldijo con un sinfín de palabras altisonantes y, cuando por fin pudo entrar en control, tomó su celular y marcó. —Central, aquí comandante T-39...— su voz era titubeante, guardó silencio durante unos momentos mientras su respiración volvía a la normalidad y, finalmente, dijo —El gobernador ha sido secuestrado.

1 comentario:

  1. Sin duda una nueva forma de trabajar, creo que estos temas te laten mucho y por ende se de tan bastante bien, el prologo es solo una probadita, espero poder leer pronto el primer capitulo para que esta historia que sé que será muy controversial comience su viaje hacia el exterior, déjame decirte que ha sido muy entretenido, publica pronto el primero, ya quiero leerlo.

    Nunca dejes de hacerlo, eres increíble.

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