domingo, 8 de abril de 2012

El Alquimista.


Durante un fresco y exquisito atardecer, Sergei, el único herrero del lugar, daba una caminata a través de las calles del pueblo cuando, por sorpresa, se encontró con Oliver, el borracho más famoso de aquel sitio, quien esta vez parecía completamente sobrio y traía en los labios una enorme sonrisa.

—Hola Oliver, ¿Has tenido un buen día?— preguntó cortésmente Sergei.

—Mejor que eso, mi amigo.— Oliver abrió los ojos y le mostró una enorme y reluciente moneda de oro.

—¿De dónde has robado eso, Oliver? No puedes quedártela, debes devolverla, si no lo haces te cortarán la mano.—


—No la he robado, es mía. —aseguró el borracho.

—¿Ah sí? Y dime, ¿Cómo la obtuviste?— pregunté incrédulo Sergei.

—Bueno... ¿viste al anciano que se mudó hace un par de semanas a un lado de la panadería?— Sergei había notado que tenían un nuevo vecino en el pueblo, así que afirmó con la cabeza. —Pues es un alquimista.— dijo Oliver bajando la voz.

—¿Alquimista dices? Aunque eso fuera cierto, ¿Qué tiene que ver con la moneda que traes en tus manos?—

—Él me la ha obsequiado,— la grotesca sonrisa de Oliver creció aún más —es poderoso, ¡Puede convertir la estupidez en oro!—

Sergei soltó una enorme carcajada al escuchar aquello, pero se detuvo cuando notó que Oliver no estaba bromeando, así que preguntó —¿Por qué crees semejante tontería?—

—Él me ha quitado la estupidez y la ha convertido en esta moneda de oro.—

—Sabía que eras imbécil, pero nunca creí que lo fueras tanto. Eso es imposible, Oliver...— Sergei volvió a reír.

—A palabras necias, oídos sordos. Sólo un tonto ignora la verdad cuando esta está frente a sus ojos.— dijo Oliver.

El herrero se quedó sin palabras al escuchar lo que Oliver había dicho, un hombre tan tonto como él jamás podría articular un pensamiento tan sabio. Por un momento, Sergei creyó la historia del Alquimista, después sacudió la cabeza y dijo —Debes estar bromeando, orate. ¡Largo de aquí!—

Oliver apretó su moneda contra el pecho y huyó rápidamente de ahí, mientras Sergei seguía su camino. Al pasar cerca de la panadería, vio la puerta del sitio donde se hospedaba aquel misterioso anciano, así que decidió entrar. El lugar estaba muy sucio y desprendía un olor nauseabundo, había muchos instrumentos extraños que el herrero jamás había visto en su vida, al fondo del lugar, un hombre muy anciano se encontraba sentado mirando hacia la pared.

—¿Qué es lo que deseas?— preguntó el presunto alquimista.

—Quiero saber porque le regalaste una moneda de oro a Oliver.— Sergei seguía sin creer aquella historia.

—Yo no le he regalado nada. —

—¿Me vas a decir que de verdad puedes convertir la estupidez humana en oro? Eso suena tan patético como absurdo.—

—No lo creas, si no quieres creerlo. Sólo el hombre sabio puede reconocer la verdad entre tanta duda.—

—Demuéstralo... — lo retó Sergei.

—¿Contigo?—

—Sí, conmigo... —

El anciano se puso de pie con dificultad, y el herrero por fin pudo verle el rostro, parecía un hombre cansado y débil, el color de su piel no era normal y tosía con frecuencia, pero aún así se veía muy tranquilo. —Lamento y me alegro de decirte que no tienes tanta estupidez en tu cuerpo.— dijo finalmente el alquimista.

—¿Qué quieres decir con eso?—

—La cantidad de oro que saldrá de ti será pequeña comparada con la que obtuvo Oliver, tú no eres tan estúpido como él lo era antes de venir a verme.—

—Esto debe ser una broma.— rió Sergei.

—Sólo el hombre sabio puede reconocer la verdad entre tanta duda. Bebe esto...— el anciano sirvió una copa de un líquido color morado claro.

Sergei no podía creer que estuviera haciendo esto, pero bebió lo que el alquimista le había ofrecido, no tenía ningún sabor, parecía simple agua —¿Y ahora, qué?— preguntó.

—¡No te muevas!— le dijo el alquimista. Se acercó a Sergei y le colocó la arrugada mano frente al rostro, recitó varias palabras en una lengua desconocida y luego lo tomó por el cuello, mientras le metía la otra mano a la boca.

Ofendido, Sergei lo empujó y dijo —¿Qué demonios haces, anciano?—

—Sólo el hombre sabio puede reconocer la verdad entre tanta duda.— en la mano, el alquimista sostenía una pequeña bola amorfa color dorado.

El herrero no podía creer lo que miraba, se acercó al alquimista y tomó aquel trozo extraño de metal para verlo de cerca, le dio una mordida y, efectivamente, era oro. —¿Qué clase de magia negra es esta?— preguntó Sergei.

—No es ninguna magia negra, muchacho. ¡Es ciencia!— el anciano suspiró.

—Es increíble... no lo entiendo, no puedo creerlo.—

—Sólo el hombre sabio puede reconocer la verdad entre tanta duda.—

—Gr...gracias— atinó a decir el herrero —Y... ¿cómo se supone que debo pagarte?—

—No hay nada que pagar, sólo vete de mi casa cuanto antes.— el alquimista se dio media vuelta y volvió a sentarse en el mismo sitio donde Sergei lo había encontrado. El herrero incrédulo salió de la casa aún mirando el trozo de oro que sostenía en la mano, caminó sin mirar a los costados hasta llegar a su hogar.

Su mujer preguntó —Sergei, ¿Por qué has tardado tanto?— El herrero explicó a detalle todo lo sucedido con Oliver y con el alquimista, le contó cómo había bebido esa extraña sustancia sin sabor y lo extrañas que fueron las palabras que aquel anciano había dicho antes de meterle la mano en la boca y sacarle toda la estupidez convertida en ese pedazo de oro.

—Sergei, por favor... no digas tonterías.— la mujer parecía escéptica

—Sólo el hombre sabio puede reconocer la verdad entre tanta duda.— dijo Sergei ante el asombro de toda su familia.

El rumor del alquimista corrió muy deprisa, muy pronto todo el pueblo acudía a verlo para que, aquel misterioso y débil anciano, convirtiera su estupidez en oro puro. Algunos recibían trozos de oro más grandes que otros e, incluso, hubo quienes recibieron una moneda entera igual que el borracho Oliver. La historia del alquimista llegó rápidamente a los oídos de la Inquisición que, sin pensarlo dos veces, enviaron un escuadrón para investigar aquel misterioso caso. Durante su corta estancia en aquel pueblo, el alquimista se había ganado el respeto y amor de sus vecinos, a pesar de no convivir mucho con ellos, un hombre que convertía su estupidez en oro puro era digno de adorar, así que cuando la Inquisición llegó al lugar para juzgar al alquimista, este ya había sido avisado y había huido rápidamente para salvar su vida.

—¿Qué debemos hacer, su excelencia?— preguntó uno de los verdugos al jefe de la Inquisición.

—Encontrar a ese maldito brujo, cuanto antes.—

—¿Y cómo lo haremos?—

—Estos idiotas lo ayudaron a huir por el oro que les daba, entonces ofréceles más oro y lo traerán a ti— el jefe se subió al estrado del pueblo y empezó a pregonar —¡10,000 monedas de oro! ¡10,000 monedas de oro a aquel que nos entregue al brujo alquimista!— La gente del pueblo empezó a murmurar, muchos empezaron a gritar sitios donde aseguraban haberlo visto por última vez e, incluso, había quienes juraban conocer su escondite secreto. El jefe calló a la multitud y volvió a gritar —¡No me interesan los rumores, ni las acusaciones! ¡10,000 monedas de oro a quien traiga al brujo alquimista ante mí! ¡15,000 si lo traen vivo!— Los pobladores empezaron a gritar, empujarse y correr, rápidamente se organizaron expediciones buscando al alquimista pero todas fueron infructuosas, durante dos largas semanas la inquisición recibió falsa información y cuerpos de ancianos impostores, pero ellos sólo pagarían la recompensa a quien trajera al verdadero alquimista.

Cuando la esperanza empezaba a perderse y la Inquisición estaba a punto de darse por vencida, un joven apareció en el pueblo cargando sobre una mula a un hombre con el rostro cubierto por una bolsa de manta. Lo cargó en hombros y lo arrojó a los pies del Jefe de la inquisición, le destapó la cara y reveló su identidad, el anciano coincidía completamente con la descripción del alquimista, aún así, el jefe preguntó —¿Eres tú el anciano brujo alquimista?—

—Sí, soy yo— respondió con dificultad —Pero no soy ningún brujo, sólo es ciencia.—

—Deberían pagarme un extra por mantenerlo vivo, este anciano ha estado tosiendo sangre y apesta como a muerto, no le debe quedar mucho tiempo— dijo el joven caza-recompensas.

—Se ofrecieron 15,000 monedas. Ni una más... que le den su pago y que se vaya.— dijo el Jefe. Un hombre de la inquisición se acercó al caza-recompensas y le entregó una pesada bolsa de monedas de oro.

—Quien se atreva a interponerse en mi camino, tendrá que probar el sabor de mi espada.— dijo el joven antes de alejarse de la multitud con su mula mientras le daba una última vista al anciano moribundo.

El alquimista parecía demasiado enfermo, a punto de morir, así que de inmediato se inicio el juicio de inquisición. El anciano se declaraba inocente de todo acuse de brujería y alegaba que sólo se trataba de ciencia, nada que cualquier persona con los conocimientos correctos de química no pudiera hacer, sin embargo, la inquisición fue muy severa y lo condenaron a morir en la hoguera.

—He convertido la estupidez en oro, si he de morir, que así sea.— lloró el anciano.

Esa misma tarde, el alquimista murió quemado ante la mirada de todos en el pueblo, sus restos calcinados fueron arrojados a un barranco donde sufrirían el resto de la eternidad por los terribles actos hechos en vida. La inquisición partió de regreso a la mañana siguiente y el pueblo poco a poco volvió a la normalidad.

Lejos de ahí, un joven acampa solo en medio de la nada. Luego de encender una fogata y cocinar un poco de carne en salazón, busca entre sus cosas un pergamino que, al abrirlo, contiene las últimas palabras de alguien muy importante para él.


Hijo mío, si estás leyendo esto es que ya me has entregado, has cobrado la recompensa y estás lo suficientemente lejos del pueblo para que no descubran nuestro fraude. Ahora es tu turno de disfrutar, durante varias generaciones hemos mantenido esta estafa que nos permite darnos una vida de lujos hasta que somos ancianos y llega el momento de ceder el turno a nuestro hijo primogénito, ahora tienes suficiente oro para vivir cómodamente hasta que seas un anciano débil y enfermizo como lo era yo antes de morir.

Cuando llegue el momento y estés tan viejo y enfermo como yo, guardarás un poco del oro que ahora tienes, irás a algún pueblo no muy grande pero no muy pequeño y te instalarás ahí, prepararás tu alcoba para que parezca el hogar de un verdadero alquimista; una vez que lo hayas hecho, busca al más tonto de todos los pobladores, quizá sea un bufón, un porquerizo o un borracho, entonces lo engañarás diciendo que puedes convertir la estupidez humana en oro, para esto dale una moneda de oro y debes repetir una y otra vez una de las frases que están en el libro rojo que acompaña este pergamino, esto hará que el tonto memorice esa frase y se la diga a sus vecinos para impresionarlos.

En cuanto te des cuenta, habrá muchos imbéciles esperando a que les quites su estupidez y la conviertas en oro, recuerda no repetir ninguna frase con dos de los pobladores o podrías levantar sospechas, la "sustancia" que les darás sólo es agua previamente pintada con violetas, puedes balbucear algunas palabras para que los idiotas crean que hablas una lengua extraña y deberás renunciar a un poco del oro que te has ganado, no olvides tener pedazos de todos los tamaños para darle credibilidad a tu historia.

Llegará el día en que la inquisición vendrá a buscarte y ofrecerá una fortuna por tu cabeza, entonces debes huir y buscar a tu primogénito que te entregará y cobrará esa recompensa, a costa de tu vida le darás lo que ahora te doy yo a ti, y que me dio mi padre a mí y que, a su vez, su padre le dio a él, la oportunidad de una vida entera llena de excesos, goce y fiesta sin tener que trabajar. Aunque al final de tu vida, harás este mismo sacrificio y enseñarle la estafa a tu hijo mayor.

Mucho éxito y disfrútalo, hijo mío, este es tu momento.

El muchacho guardó el pergamino en una de sus botas y miró la fogata con seriedad —Mi viejo si convirtió la estupidez en oro... la estupidez del pueblo y de la inquisición— sonrió y dijo en voz alta para sí mismo mientras sostenía la enorme bolsa repleta de monedas que había recibido.

1 comentario:

  1. Ahora nos traes, nuevamente ambientado mas o menos en la mismo epoca que otros de tus relatos, pero muy diferentes entre si, a un estafa.

    Me recuerda vanamente a la pelicula del Ilusionista, un leve toque, muy buen relato, lo suficientemente largo para comprenderlo bien.

    Ha sido una buena historia Aeron, un hijo de puta el joven, pero asi tenia que ser, era su tradicion.

    Por otra parte noto una cierta fabula, la estupidez convertida en oro... excelente, esta historia tiene de todo, sigue asi compañero, espereamos ansiosos tu proxima ocurrencia :)

    ResponderEliminar

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...