La oscuridad de la noche, inseparable aliada, que proveía de invaluable protección a La Sombra. —diescisiete, dieciocho, diecinueve.— el muchacho contaba los billetes, había sido una excelente noche, como pocas últimamente, un escalofrío le recorrió la espalda y consultó la hora en uno de los celulares recién robados. —Aún hay tiempo para uno más.— se dijo en voz baja, envolvió el botín en un viejo, roído y maloliente trozo de franela y lo ocultó en un bote de basura.
La noche, con su amarillenta luna, era muy fría, el invierno empezaba a azotar la ciudad y sabía que aquellas épocas resultaban las más difíciles para la gente como él, sin hogar. Con las manos en los bolsillos y los hombros encogidos se dirigió a su habitual sitio de acción, era el rey del callejón, muchas veces el remordimiento le llegaba como le llegaría a cualquier jovencito de dieciséis años, pero después se consolaba —"¿Si no es así como sobrevives, cómo lo harás?"— decía en sus adentros. No había pisado una escuela en su muchos años, ni siquiera había concluido su educación primaria, a decir verdad, jamás había logrado aprender nada, todo el tiempo había estado solo, su madre era una alcohólica malhumorada que de manera inexplicable obtenía suficiente dinero para embriagarse diariamente y para darle a su vástago pan y agua para comer diariamente, tiempo después descubriría que se prostituía, aquello no le avergonzó para nada, siempre sintió cierto respeto por ella, hasta el día en que se ahogó en su propio vómito dejándolo solo en este cruel mundo, sólo tenía nueve años cuando se vio obligado a dejar el cadáver de su madre abandonado y hediondo, antes que los tipos del gobierno llegaran y quisieran llevárselo para encerrarlo en algún albergue. Su padre fue desconocido para él, aunque, según su madre, había sido un importante militar que decidió no manchar su honor al reconocer a un bastardo. —"¿Porqué yo? No fui culpable de nada antes de ser la escoria que soy ahora. ¿Porqué yo?"— se preguntaba todo el tiempo, la vida nunca es justa.
Su aliento se condensaba por las bajas temperaturas, una mujer pasó por su callejón a pasos acelerados, vestía unas botas negras y un gran abrigo que le cubría hasta arriba de la nariz pero dejaba a la vista un par de hermosos ojos verde claro. —"Ella no".— pensó, podía reconocer aquella mirada las veces que fuera necesario, no sabía su nombre, pero si la conocía, diariamente cruzaba aquel callejón a muy entrada la noche, el corazón de La Sombra palpitaba fuertemente cada vez que la veía, pero rápidamente se bajaba de la nube. —"No es para ti, no seas idiota."— se decía y la dejaba pasar. Había que ser muy cuidadoso al elegir un objetivo, muchas personas vivían en zonas cercanas a su callejón y muchos pasaban diariamente por el mismo, por lo que ellos quedaban completamente descartados para su ataque, lo ideal era buscar personas perdidas y con caminar inseguro, extraños que normalmente no anduvieran por aquellos rumbos, la desorientación, el miedo y la complicidad de la noche formaban la combinación perfecta para que La Sombra pudiera actuar.
"La Sombra", ese era su nombre, así se había empezado a llamar a si mismo desde que cometió su primer robo, le gustaba, se lo había repetido tantas veces que casi ya no recordaba su antiguo nombre, lo que si recordaba era aquel día, cuando nació como lo que era en ese momento, habían pasado más de cuatro días y no tenía nada en la barriga, el dolor insoportable se había convertido poco a poco en un simple rugir de tripas. Con pocas fuerzas caminó hacia un callejón, no era el mismo que ahora reinaba, era otro, muy lejano, llegó ahí con la esperanza de encontrar algo que comer en las sobras de un desaliñado restaurante, lástima que no había nada, lo único que encontró fue una botella de vidrio rota, la tomó con sus manos y sopesó, durante unos instantes, rajarse ahí mismo la garganta para ponerle así, de una vez por todas, un final a su triste existencia. Fue entonces cuando una mujer tomó la mala decisión de cruzar el callejón, llevaba un bolso y un collar dorado le colgaba entre los pechos, era gorda y de caminar pesaroso, entonces su verdadero yo emergió, usando la botella rota amenazó a la rolliza mujer y esta, llena de terror, le entregó todo cuanto pudo, jamás olvidaría aquel rostro regordete temblar de miedo, de hecho, jamás lo hacía, nunca olvidaba el rostro de sus víctimas. —"Quizá esa es mi maldición."— pensaba constantemente, recordar las expresiones de horror de sus víctimas le llenaban de melancolía en ciertas ocasiones, pero lo extraño es que también lo hacían sentir poderoso.
Recordaba a cada una de sus víctimas, a pesar que hacía mucho que había perdido la cuenta, un halo de satisfacción lo inundaba al recordar al muchacho de ojos grises y cabello pintado, al que le robó un celular tan bonito que le dieron mucha pasta por él, estaba también la ocasión en la que arrebato de las manos de un anciano calvo, arrugado y con una enorme verruga en la nariz, un sobre con tantos billetes dentro que por primera vez consideró dejar su "trabajo", creyendo que tenía suficiente dinero para vivir toda su vida —"Cené como rey aquel día"—, estaba también la ocasión en la que un tipo se asustó tanto al ver su navaja que se orinó en los pantalones, algo muy gracioso ya que, en todos los años que llevaba robando, nunca había tenido que dañar a nadie, la gente se asustaba con mucha facilidad, pero su favorita había sido una mujer castaña de labios carnosos y piel bronceada, tenía trece años en aquella ocasión y sus instinto natural estaba despertando, así que no perdió oportunidad de tocar el trasero de aquella monumental mujer antes de salir corriendo con el botín, recordar eso lo hacía sentirse excitado.
—¿Y esto voy a hacer toda mi vida?— era su eterno dilema, la consciencia le pesaba constantemente, a pesar de ser su fuente para vivir, su trabajo no le gustaba nada, se sentía sucio al final de cada jornada, como si algo en su vida no estuviera bien. —Quizá debería parar ya, escuché que están buscando gente para cargar cajas en el mercado local.— su complexión no era precisamente la de un toro, pero la naturaleza le había dotado de una considerable estatura para su corta edad por lo que, seguramente, cualquier comerciante estaría encantado de contratarlo para cargar su mercancía. El frío era fuerte y las cuatro personas que habían atravesado el callejón eran gente conocida para él, por lo que no había manera de volverlos víctimas, estaba pensando en tomar su botín en ese momento y dejar de una vez por todas ese nefasto estilo de vida, fue entonces cuando lo vio, un sujeto caminaba con las manos bajo las axilas y los hombros encogidos, su respiración se convertía en vapor justo cuando hacía contacto con el frío aire exterior, llevaba un gorro de lana negro sobre la cabeza pero no tenía ningún abrigo ni chamarra que cubriera sus brazos desnudos, La Sombra jamás lo había visto por aquellos territorios, no traer abrigo en ese lugar a esas horas de la noche sólo podía significar que no conocía el lugar. —Está bien, uno más.— dijo a sí mismo, sacó su navaja del bolsillo y, bajo la protección de la noche, se dirigió hacia él.
—Alto ahí.— dijo con todo solemne pero seguro. El sujeto se detuvo y alzo la mirada, durante un instante, La Sombra creyó que estaba ante uno de los suyos, la barba semi-poblada y descuidada de la víctima lo hacía ver como cualquiera de los que compartían su hogar debajo del puente cada noche, La Sombra dudo un segundo, hasta que vio en su mano izquierda una gruesa esclava de oro. —Tu esclava, quítatela y dámela.— ordenó sin contemplaciones, pero el sujeto sólo se limitó a mirarlo, una mueca extraña que pretendía ser una sonrisa se dibujó en aquel rostro lleno de cicatrices. —"Algo no está bien."— pensó mientras la víctima movía la cabeza lentamente de lado a lado. —¿No me escuchaste, idiota? ¡Dame tu esclava ahora mismo!— esta vez gritó, pero su voz no era la de alguien que tenía la situación bajo su control, sino la de alguien asustado y desesperado, algo extraño había en ese sujeto, esa mirada penetrante, esa sonrisa burlona, esas cicatrices que parecían gritar —"¡TE METISTE CON LA PERSONA EQUIVOCADA!"— de repente, tenía miedo, mucho miedo, y su terror se incrementó cuando el extraño empezó a caminar hacia él. —¡Detente, no te acerques!— quiso correr pero sus piernas no respondían, sólo podía caminar lentamente hacia atrás, tiró un tajo con su navaja pero la falta de experiencia hizo que fallara, lo que provocó que el hombre de las cicatrices se riera aún más. —Para, detente, no estoy jugando.— intentó asustarlo, pero nada funcionaba, él seguía acercándose hasta que, para su mala fortuna la pared tocó su espalda, intento dañar con su navaja a quien se suponía que era su víctima, pero este fue más rápido, con su mano lo tomó por el rostro y lo azotó de lleno contra la pared, la sangre empezó a emanar, la sentía correr por su nuca y cuello, el mundo entero daba vueltas y lo único que lograba escuchar era la demoniaca risa del extraño, mientras él caía al suelo.
Los pies del sujeto impactaron varias veces contra sus costillas, jamás había sentido tanto dolor, quizá una o más de ellas estaban rotas ya, pero nada estaba más roto que su orgullo, al escuchar como aquel demente se reía de él, cuando pudo recuperar un poco la visión, observó su navaja en el suelo, cerca de sus pies, tenía miedo que el extraño la tomara y le hiciera daño con ella así que, con sus últimas fuerzas, la pateo lejos del alcance de su enemigo. El hombre del rostro cicatrizado entendió su acción y, por primera vez, emitió palabra. —No, amigo, no necesito eso, yo tengo mis propios juguetes.— se agachó, metió la mano en uno de sus zapatos y sacó un bisturí, estaba manchado de sangre, quizá de él mismo, quizá de alguien más, pero no le importó.
—P...p...or favor...— balbuceó La Sombra con esperanzas vanas.
La mueca que pretendía ser sonrisa se dibujó de nueva cuenta en el rostro del demente, La Sombra jamás olvidaba un rostro pero, aquel, hubiera deseado nunca conocerlo, el extraño movió la cabeza de lado a lado y dijo —No, amigo.— se golpeo la sien con el dedo índice un par de veces —Debes pensar mejor las cosas.— su tono de voz era ansioso y su aliento olía a tequila —Te dejaré, si, te dejaré pensar.—
La Sombra ya no tenía fuerzas para nada, la sangre seguía saliendo de la herida en su cabeza y el dolor en sus costillas era insoportable, pero todo aquello pasó a segundo plano cuando el extraño clavó, de un solo golpe, el bisturí en su ojo izquierdo, el grito quiso ser desgarrador, pero se quedó en un ahogado intento de pedir auxilio, el demente sacó su juguete del despedazado ojo de La Sombra, miró la sangre e hizo una expresión de asco, se quitó el gorro de lana, dejando descubierta una cabeza recién rapada que emanaba calor ante el duro frío nocturno, limpió el bisturí, lo guardó de nuevo y sacó un cigarrillo, se sentó a ver la agonía del victimario que se había convertido en víctima y un semblante de falsa tristeza adornó su rostro cicatrizado. —¿Sabes, amigo?— dijo el demente —Tal vez otra cosa hubiera pasado si me hubieras pedido la esclava por favor.—
Así agonizó, así sufrió, así murió La Sombra de la Noche, con la cabeza abierta, las costillas rotas, un ojo perdido y el hedor a cigarrillo inundando su callejón bajo la tenue luz de una amarillenta luna de invierno.
La noche, con su amarillenta luna, era muy fría, el invierno empezaba a azotar la ciudad y sabía que aquellas épocas resultaban las más difíciles para la gente como él, sin hogar. Con las manos en los bolsillos y los hombros encogidos se dirigió a su habitual sitio de acción, era el rey del callejón, muchas veces el remordimiento le llegaba como le llegaría a cualquier jovencito de dieciséis años, pero después se consolaba —"¿Si no es así como sobrevives, cómo lo harás?"— decía en sus adentros. No había pisado una escuela en su muchos años, ni siquiera había concluido su educación primaria, a decir verdad, jamás había logrado aprender nada, todo el tiempo había estado solo, su madre era una alcohólica malhumorada que de manera inexplicable obtenía suficiente dinero para embriagarse diariamente y para darle a su vástago pan y agua para comer diariamente, tiempo después descubriría que se prostituía, aquello no le avergonzó para nada, siempre sintió cierto respeto por ella, hasta el día en que se ahogó en su propio vómito dejándolo solo en este cruel mundo, sólo tenía nueve años cuando se vio obligado a dejar el cadáver de su madre abandonado y hediondo, antes que los tipos del gobierno llegaran y quisieran llevárselo para encerrarlo en algún albergue. Su padre fue desconocido para él, aunque, según su madre, había sido un importante militar que decidió no manchar su honor al reconocer a un bastardo. —"¿Porqué yo? No fui culpable de nada antes de ser la escoria que soy ahora. ¿Porqué yo?"— se preguntaba todo el tiempo, la vida nunca es justa.
Su aliento se condensaba por las bajas temperaturas, una mujer pasó por su callejón a pasos acelerados, vestía unas botas negras y un gran abrigo que le cubría hasta arriba de la nariz pero dejaba a la vista un par de hermosos ojos verde claro. —"Ella no".— pensó, podía reconocer aquella mirada las veces que fuera necesario, no sabía su nombre, pero si la conocía, diariamente cruzaba aquel callejón a muy entrada la noche, el corazón de La Sombra palpitaba fuertemente cada vez que la veía, pero rápidamente se bajaba de la nube. —"No es para ti, no seas idiota."— se decía y la dejaba pasar. Había que ser muy cuidadoso al elegir un objetivo, muchas personas vivían en zonas cercanas a su callejón y muchos pasaban diariamente por el mismo, por lo que ellos quedaban completamente descartados para su ataque, lo ideal era buscar personas perdidas y con caminar inseguro, extraños que normalmente no anduvieran por aquellos rumbos, la desorientación, el miedo y la complicidad de la noche formaban la combinación perfecta para que La Sombra pudiera actuar.
"La Sombra", ese era su nombre, así se había empezado a llamar a si mismo desde que cometió su primer robo, le gustaba, se lo había repetido tantas veces que casi ya no recordaba su antiguo nombre, lo que si recordaba era aquel día, cuando nació como lo que era en ese momento, habían pasado más de cuatro días y no tenía nada en la barriga, el dolor insoportable se había convertido poco a poco en un simple rugir de tripas. Con pocas fuerzas caminó hacia un callejón, no era el mismo que ahora reinaba, era otro, muy lejano, llegó ahí con la esperanza de encontrar algo que comer en las sobras de un desaliñado restaurante, lástima que no había nada, lo único que encontró fue una botella de vidrio rota, la tomó con sus manos y sopesó, durante unos instantes, rajarse ahí mismo la garganta para ponerle así, de una vez por todas, un final a su triste existencia. Fue entonces cuando una mujer tomó la mala decisión de cruzar el callejón, llevaba un bolso y un collar dorado le colgaba entre los pechos, era gorda y de caminar pesaroso, entonces su verdadero yo emergió, usando la botella rota amenazó a la rolliza mujer y esta, llena de terror, le entregó todo cuanto pudo, jamás olvidaría aquel rostro regordete temblar de miedo, de hecho, jamás lo hacía, nunca olvidaba el rostro de sus víctimas. —"Quizá esa es mi maldición."— pensaba constantemente, recordar las expresiones de horror de sus víctimas le llenaban de melancolía en ciertas ocasiones, pero lo extraño es que también lo hacían sentir poderoso.
Recordaba a cada una de sus víctimas, a pesar que hacía mucho que había perdido la cuenta, un halo de satisfacción lo inundaba al recordar al muchacho de ojos grises y cabello pintado, al que le robó un celular tan bonito que le dieron mucha pasta por él, estaba también la ocasión en la que arrebato de las manos de un anciano calvo, arrugado y con una enorme verruga en la nariz, un sobre con tantos billetes dentro que por primera vez consideró dejar su "trabajo", creyendo que tenía suficiente dinero para vivir toda su vida —"Cené como rey aquel día"—, estaba también la ocasión en la que un tipo se asustó tanto al ver su navaja que se orinó en los pantalones, algo muy gracioso ya que, en todos los años que llevaba robando, nunca había tenido que dañar a nadie, la gente se asustaba con mucha facilidad, pero su favorita había sido una mujer castaña de labios carnosos y piel bronceada, tenía trece años en aquella ocasión y sus instinto natural estaba despertando, así que no perdió oportunidad de tocar el trasero de aquella monumental mujer antes de salir corriendo con el botín, recordar eso lo hacía sentirse excitado.
—¿Y esto voy a hacer toda mi vida?— era su eterno dilema, la consciencia le pesaba constantemente, a pesar de ser su fuente para vivir, su trabajo no le gustaba nada, se sentía sucio al final de cada jornada, como si algo en su vida no estuviera bien. —Quizá debería parar ya, escuché que están buscando gente para cargar cajas en el mercado local.— su complexión no era precisamente la de un toro, pero la naturaleza le había dotado de una considerable estatura para su corta edad por lo que, seguramente, cualquier comerciante estaría encantado de contratarlo para cargar su mercancía. El frío era fuerte y las cuatro personas que habían atravesado el callejón eran gente conocida para él, por lo que no había manera de volverlos víctimas, estaba pensando en tomar su botín en ese momento y dejar de una vez por todas ese nefasto estilo de vida, fue entonces cuando lo vio, un sujeto caminaba con las manos bajo las axilas y los hombros encogidos, su respiración se convertía en vapor justo cuando hacía contacto con el frío aire exterior, llevaba un gorro de lana negro sobre la cabeza pero no tenía ningún abrigo ni chamarra que cubriera sus brazos desnudos, La Sombra jamás lo había visto por aquellos territorios, no traer abrigo en ese lugar a esas horas de la noche sólo podía significar que no conocía el lugar. —Está bien, uno más.— dijo a sí mismo, sacó su navaja del bolsillo y, bajo la protección de la noche, se dirigió hacia él.
—Alto ahí.— dijo con todo solemne pero seguro. El sujeto se detuvo y alzo la mirada, durante un instante, La Sombra creyó que estaba ante uno de los suyos, la barba semi-poblada y descuidada de la víctima lo hacía ver como cualquiera de los que compartían su hogar debajo del puente cada noche, La Sombra dudo un segundo, hasta que vio en su mano izquierda una gruesa esclava de oro. —Tu esclava, quítatela y dámela.— ordenó sin contemplaciones, pero el sujeto sólo se limitó a mirarlo, una mueca extraña que pretendía ser una sonrisa se dibujó en aquel rostro lleno de cicatrices. —"Algo no está bien."— pensó mientras la víctima movía la cabeza lentamente de lado a lado. —¿No me escuchaste, idiota? ¡Dame tu esclava ahora mismo!— esta vez gritó, pero su voz no era la de alguien que tenía la situación bajo su control, sino la de alguien asustado y desesperado, algo extraño había en ese sujeto, esa mirada penetrante, esa sonrisa burlona, esas cicatrices que parecían gritar —"¡TE METISTE CON LA PERSONA EQUIVOCADA!"— de repente, tenía miedo, mucho miedo, y su terror se incrementó cuando el extraño empezó a caminar hacia él. —¡Detente, no te acerques!— quiso correr pero sus piernas no respondían, sólo podía caminar lentamente hacia atrás, tiró un tajo con su navaja pero la falta de experiencia hizo que fallara, lo que provocó que el hombre de las cicatrices se riera aún más. —Para, detente, no estoy jugando.— intentó asustarlo, pero nada funcionaba, él seguía acercándose hasta que, para su mala fortuna la pared tocó su espalda, intento dañar con su navaja a quien se suponía que era su víctima, pero este fue más rápido, con su mano lo tomó por el rostro y lo azotó de lleno contra la pared, la sangre empezó a emanar, la sentía correr por su nuca y cuello, el mundo entero daba vueltas y lo único que lograba escuchar era la demoniaca risa del extraño, mientras él caía al suelo.
Los pies del sujeto impactaron varias veces contra sus costillas, jamás había sentido tanto dolor, quizá una o más de ellas estaban rotas ya, pero nada estaba más roto que su orgullo, al escuchar como aquel demente se reía de él, cuando pudo recuperar un poco la visión, observó su navaja en el suelo, cerca de sus pies, tenía miedo que el extraño la tomara y le hiciera daño con ella así que, con sus últimas fuerzas, la pateo lejos del alcance de su enemigo. El hombre del rostro cicatrizado entendió su acción y, por primera vez, emitió palabra. —No, amigo, no necesito eso, yo tengo mis propios juguetes.— se agachó, metió la mano en uno de sus zapatos y sacó un bisturí, estaba manchado de sangre, quizá de él mismo, quizá de alguien más, pero no le importó.
—P...p...or favor...— balbuceó La Sombra con esperanzas vanas.
La mueca que pretendía ser sonrisa se dibujó de nueva cuenta en el rostro del demente, La Sombra jamás olvidaba un rostro pero, aquel, hubiera deseado nunca conocerlo, el extraño movió la cabeza de lado a lado y dijo —No, amigo.— se golpeo la sien con el dedo índice un par de veces —Debes pensar mejor las cosas.— su tono de voz era ansioso y su aliento olía a tequila —Te dejaré, si, te dejaré pensar.—
La Sombra ya no tenía fuerzas para nada, la sangre seguía saliendo de la herida en su cabeza y el dolor en sus costillas era insoportable, pero todo aquello pasó a segundo plano cuando el extraño clavó, de un solo golpe, el bisturí en su ojo izquierdo, el grito quiso ser desgarrador, pero se quedó en un ahogado intento de pedir auxilio, el demente sacó su juguete del despedazado ojo de La Sombra, miró la sangre e hizo una expresión de asco, se quitó el gorro de lana, dejando descubierta una cabeza recién rapada que emanaba calor ante el duro frío nocturno, limpió el bisturí, lo guardó de nuevo y sacó un cigarrillo, se sentó a ver la agonía del victimario que se había convertido en víctima y un semblante de falsa tristeza adornó su rostro cicatrizado. —¿Sabes, amigo?— dijo el demente —Tal vez otra cosa hubiera pasado si me hubieras pedido la esclava por favor.—
Así agonizó, así sufrió, así murió La Sombra de la Noche, con la cabeza abierta, las costillas rotas, un ojo perdido y el hedor a cigarrillo inundando su callejón bajo la tenue luz de una amarillenta luna de invierno.

ahhhh tu y tu facilidad para hacer que mi estomago desee no haber ingerido alimento!!!!!
ResponderEliminarahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh
¡¡¡¡¡que asco!!!!!!!
Pero que buen relato, ¡¡¡por fin!!!, es como el renacer de una ave fenix, que alegria que te hayas decidido a escribir, ya hacias falta con tu talento descomunal.
Un relato muy fuerte, con una historia, un presente y un final inesperado, vaya que me has dejado la sensacion de desagrado en la garganta, pero eso haces tu, las sensaciones que provoca tu arte es sublime.
Me gusta mucho tu estilo, es diferente, es rudo, interesante y te atrapa enseguida....
Espero que nunca pierdas las ganas otra vez, tener un pasatiempo tan bello es muy reconfortante.
ResponderEliminarsabes sospecho quien pudo ser el loco asesino, tengo una sospecha muy fuerte, pero mejor me lo reservo para mis adentros :D
de verdad me gustó bastante tu historia, fue un buen platillo de lectura elaborada, dejame decirte que cada vez lo haces mejor y eso ya es decir muchoooo :D Gracias :D